Dios me ama, más que yo a mí mismo.
San Ignacio de Loyola
Resulta abrumador cómo pasa factura la cruda realidad y su rutina: las prisas, los atascos y la cotidianidad hacen que en mayor o menor medida no tengamos (o no queramos tener) tiempo para reflexionar sobre nuestra propia vida, y en muchos casos tendamos a olvidarnos de Dios. Esto hace que nuestra voluntad y nuestros pensamientos se conviertan en banalidades y se genere una enorme pereza, que, sin lugar a dudas, resulta ser uno de los grandes enemigos del día a día que se interponen en nuestra relación con Dios.
Así es como me sentía un tiempo antes de acudir a ejercicios, con el alma abandonada y con una coraza hacia el amor de Dios, sumida en una pereza que no era capaz de controlar, y aunque me hacía llamar cristiano, no lograba concordar las ideas que tenía en la cabeza con mis actos y por este motivo, movido por un impulso de renovación interior y de romper con la rutina, decidí acudir a la tanda de ejercicios espirituales.
Desde un punto de vista meramente superficial, los ejercicios espirituales son bastante duros, ya que supone una ruptura total con el modo de vida al que estamos acostumbrados. El contacto personal con Dios se establece en silencio, en la soledad, por ello, desde un primer momento se hace hincapié en lo importante que resulta este aspecto: silencio de boca, silencio de los sentidos y silencio de la imaginación, sin duda uno de los aspectos más importantes. Es decir, silencio total durante cuatro días.
En este punto, al comenzar los ejercicios se establece una lucha entre el yo ruidoso (aquel que no puede dejar de volar su imaginación, aquel que es curioso y observa, aquel que quiere gritar) y el yo interior, el que busca con ansia la soledad. De esta lucha se sale vencedor exclusivamente si la voluntad es firme, y para ello no hay nada mejor que las jaculatorias, tener un contacto permanente con Dios: Señor mío, Hijo de Dios, ten piedad de mí¸Virgen María méteme en ejercicios…que repetidas sucesivamente hacen que se olvide todo lo que hay fuera y uno esté plenamente concentrado y comience a abrir las puertas de la gracia de Dios. Así llegan cada una de las meditaciones propuestas por san Ignacio de Loyola, que pone en manos del director de la tanda (el Padre Feliciano Rodríguez en este caso) las palabras adecuadas para que en silencio y cara a cara con el Señor seamos capaces de abordarlas y reflexionarlas, siempre encomendados a la Virgen María y al Espíritu Santo, para que nos otorguen la luz durante las meditaciones.
El comienzo de las mismas consiste en hacer una introspección personal acerca del pecado, analizando nuestros pecados recientes y si es posible más lejanos con el objeto de realizar una buena confesión y tener el alma limpia y predispuesta a acoger al Señor durante el resto del tiempo. Sin lugar a dudas, para aquellos que hemos estado en una situación un tanto dubitativa en nuestra vida, esta fase es la más importante. En mi caso así lo ha sido, ya que se han grabado a fuego cosas que debería saber, pero que nunca llegué a plantearme, y que ahora sin lugar a dudas pretendo que marquen el resto de mis días:
- Dios te ama.
- Vive con la eternidad en la cabeza, con Dios en el corazón y con el mundo en los pies.
- De qué sirve conquistar el mundo entero si pierdes tu alma.
Las meditaciones nos limpian el alma y permiten que avancemos en la pasión de Cristo, experimentando con Él el dolor de la traición, la hipocresía y la voluntad del Padre.
Es increíble la sensación de conocer, de empaparte del amor de Dios, y de su misericordia. Es como si a un animal salvaje encerrado en una jaula durante mucho tiempo le liberaran en su hábitat, al principio se hace extraño y después disfruta preguntándose cómo había podido vivir tanto tiempo alejado de su sitio. Porque nuestro sitio es vivir arropados del amor de Dios. Y como el animal salvaje, en esa nueva libertad hay peligros que hemos de afrontar. De ahí lo importante de la voluntad como herramienta de autocontrol, ya que sin una voluntad firme resulta muy complicado poder salir adelante. Quiero cambiar mi interior para poder vivir en la verdad, Dios me ama.
Los ejercicios son una experiencia que todo cristiano debe conocer, ya que marcarán un antes y un después en su forma de ver la vida. Aun así hay que estar muy alerta, ya que el diablo es capaz de sacar partido de esta situación de gracia. La lucha tiene que ser diaria y acompañado, sobretodo, por la Virgen.
Por ello, os animo profundamente a que no perdáis la oportunidad de acudir, y hacer los ejercicios espirituales. Eliminad prejuicios y sed valientes, que merece la pena.
